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jueves, 26 de julio de 2012

LOS DOMINGOS DEL VERANO


Morning Sun  1952  de Edward Hopper


Por  la mañana, cuando el sol entra en la  habitación, le concede un momento de tregua. Después de asearse, se sienta  encima de la cama recién hecha, sus brazos rodean sus rodillas, se siente liberada de las prisas y del sentimiento de opresión que casi siempre le acompaña.

El sol  calienta lo justo, su combinación roza su piel sin oprimirla. Entonces la invade  un bienestar animal  al notar la fuerza de sus músculos, la solidez de su cuerpo, como si el paso de los años la hubiese olvidado, dejándola intacta.   Se cuela en su mente  la esperanza  de que ese domingo  pueda ser diferente, de que pueda deparar una sorpresa a la jovencita detenida en el tiempo.

Conforme la temperatura va subiendo, el olor a lavanda de  colonia se va evaporando y se empieza a notar los efluvios del asfalto recalentado  de las basuras sin recoger.

El barrio está sumergido en silencio. Las familias se han ido al campo, o a la playa,  Sólo quedan los seres solitarios.

Ella se los imagina igual que ella,  sentados detrás de sus ventanas, hileras de agujeros negros, simétricas y enfrentadas. Ventanas indiscretas donde se perpetúa el crimen de la soledad, donde el asesino no es otro que uno mismo.

Es entonces cuando ese pensamiento la invade, sus  músculos se destensan, su cuerpo, pegajoso de sudor, se reblandece, y vuelve a ser presa de la oscuridad de la noche, del graznido de los halcones nocturnos, de la pared de su dormitorio, las fauces negras de sus pesadillas.

Desde Hace ya  tiempo, este escenario se convierte en la pantalla de sus sueños, resplandecientes de luz, donde el  único hombre al cual amo, solo regreso para decirle  que siempre les quedaría Paris.

Aunque la constitución atlética de su cuerpo la  lleve a engaño, el mundo ha  seguido girando, impasible, arañando la esperanza.  Él, ya solo aparece en su  recuerdo de cuando en vez, recortado entre bambalinas. Su voz se ha convertido en un zumbido de moscas, las que rondan las basuras, y que domingo tras  domingo se vuelve más  ascendente, cercano e insistente.

Los domingos de verano, cuando  anochece y el piso se llena de sombras, se pregunta ¿porqué no he vivido mi vida y he preferido ser el único personaje de un melodrama irrelevante perpetuado en una imagen?

5 comentarios:

Huor Galdorion dijo...

Excelente post!!

Un saludo

Huor Galdorion dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
barondojo dijo...

gracias Miguel, un abrazo mu fuerte

l dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Azo dijo...

Precioso relato, con un sabor agridulce..
Los veranos cada vez son más largos,prescindiendo de primaveras y otoños,e internandose en el invierno triste.
Hay semanas con más de un domingo en soledad
Precioso
Un saludo